Cuando consigas… hablarme.

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Primer capítulo.

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Era difícil continuar adelante cuando la única persona que consideras que jamás podría fallarte te daba de lado y te retiraba todo su apoyo. Sentía que el mundo se había derrumbado bajo mis pies, dejándome a un paso de caer en un abismo demasiado profundo, del cual dudaba poder salir. A pesar de mi inseguridad, no me arrepentía de mi decisión, menos cuando sentía su pequeña mano aferrada con fuerza a la mía. Ella me daba el empuje que necesitaba para continuar. Respiré hondo sin saber lo que me esperaba, lo único que tenía claro era que comenzaba nuestra vida juntas.

Me paré frente a la desvencijada casa que perteneció a mi madre, la pintura blanca de la fachada presentaba múltiples desconchones, podía ver la humedad que tenía la pared del piso de arriba y una gruesa grieta que corría entre las ventanas de la planta baja. Estaba segura de que tendría que invertir parte de mi dinero en arreglarla si quería vivir allí, y eso sin saber qué me esperaba dentro.

El viento soplaba con intensidad en aquel lugar apartado donde había pasado mi adolescencia. Estábamos en Bacton, el pequeño y estirado pueblo costero que me había conocido como Cat Miller, la joven tímida y reservada incapaz de tener más de dos amigos, incapaz de salir con un chico y a la que Ryan Jones, después de haber conseguido su aceptación para ir al baile de graduación, la había dejado plantada, riéndose de ella cuando apareció por las puertas del gimnasio vestida con una ropa que no le gustaba y sin comprender lo que pasaba…

 

—¡Ryan! —lo llamo, observando con dolor de qué forma sujeta la cintura de Jenna, tan hermosa en su vestido de fiesta gris perla. Me ignora, dándome la espalda—. ¿Por qué no has venido a buscarme?

Las risas de los que les acompañan detienen mis preguntas, trato de respirar pero no puedo, agobiada en este traje azul que me sienta tan mal. Mi madre ha insistido en que lo use yo lo odio, se ciñe a mi cuerpo demasiado.

—Por favor —murmuro. Llevamos unas semanas conociéndonos, me ha enamorado con sus dulces palabras y atenciones.

—Nunca pretendí traerte —comenta sin mirarme—. ¡¿Cómo crees que podría aparecerme por aquí con alguien como tú?! Eres muy poquita cosa para mí…

 

Ahora ya no era esa muchacha, había cambiado, o al menos eso me decía cada mañana cuando me enfrentaba a un nuevo día. Estudié mi carrera en Peterborough, me convertí en trabajadora social y acepté un empleo en una de las cárceles más peligrosas del país, intentando reinsertar en la sociedad a todas las jóvenes que pasaban sus días sin libertad en el módulo de mujeres. Me construí un nuevo yo y, aunque a veces sentía que mis mejillas enrojecían cuando alguien me hablaba o me prestaba atención, combatía con furia cualquier signo de debilidad que los demás pudiesen utilizar en mi contra.

Mi padre se escandalizó en cuanto supo dónde había empezado a trabajar, veía la desilusión en su rostro cada vez que estábamos juntos y, poco a poco, mis visitas se fueron espaciando hasta que llegué a evitar aparecer por su casa. Nos habíamos ido alejando, éramos dos extraños que ni siquiera podían hacerse compañía.

Él no entendía mi vocación de ayuda a los demás, no comprendía por qué su pequeña hija debía dedicar sus días a solucionar los problemas de lo peor de la sociedad, y yo me volvía egoísta con cada queja de su parte, me cerraba ante su incomprensión y me escudaba en que tampoco lograba entender por qué él soportaba tanta carga de trabajo, ya que día tras día dedicaba más de doce horas a aquella empresa regentada por un jefe ausente.

El punto y aparte llegó cuando le conté lo que iba a hacer, acudí a él con el corazón en la mano, esperando que mi decisión nos uniese un poco, pero no lo logré…

 

Ese día me encontraba en el pequeño apartamento que mi padre había comprado con gran esfuerzo en Norwich. Era antiguo, el edificio tenía más de treinta años y olía a humedad, pero a él parecía gustarle y yo trataba de no criticar nada. Los muebles habían pertenecido a mi abuela, así que siempre me sentía trasportada a otro mundo cuando traspasaba la entrada. Todo era marrón oscuro, no había ni un toque de color que pusiese el contrapunto necesario para sentirse a gusto. La cocina y el salón eran un solo espacio, tan mínimo y deprimente por falta de luz natural que me hacía sentir encerrada.

En aquel momento, cualquier esperanza de que mi padre me apoyase quedó a un lado junto a su comprensión de mis motivos. Estuve a un paso de retractarme, pero no lo hice, me apoyé contra la mesa de la cocina y esperé su siguiente reproche.

—¿Que vas a qué? —preguntó mientras me taladraba con su mirada.

Habían pasado tan solo unas semanas desde aquel día, pero aún me lastimaba recordar el odio que reflejaban sus ojos grises, tan distintos a los míos marrones.

—Voy a asumir la custodia de esa niña —repliqué por enésima vez, rezando para que escuchase lo que le decía.

—¡La hija de una delincuente que se acaba de suicidar! —exclamó, mi padre no grita nunca, pero aquel día estaba totalmente fuera de sus casillas. Resoplé y conté hasta diez, de nuevo.

—Ella no se suicidó, papá —argumenté, sintiendo que había repetido aquella frase una docena de veces, pero ni el Director de Prisiones ni mi padre parecían creerlo. Me armé de paciencia, a pesar de que normalmente aborrecía volver a explicar las cosas—. La han asesinado, estoy segura. Me pidió que me hiciese cargo de la niña, tiene apenas cinco años. Me cedió la patria potestad y yo la firmé, no hay marcha atrás.

—Y tendrá también los mismos genes de esa mujer —apuntó con desprecio. Nunca antes había imaginado que mi padre fuese tan convencional y tuviese unas ideas tan radicales.

—Ella cometió un error. —Eleanor Smith llevaba en la cárcel de mujeres dos largos años, tiempo suficiente para conocerla tan bien como a mí misma. Era una buena mujer que se había visto obligada a hacer cosas que nadie imaginaría tener que realizar en circunstancias normales, pero ella estaba sola—. No podía alimentar a su hija, cualquiera hubiese hecho lo mismo —la defendí, pero mi padre no parecía afectado por la suerte de la que había considerado una de mis pocas amigas.

Sabía que no era correcto crear una relación de amistad con los presos, pero la tristeza que se reflejaba en sus ojos fue suficiente para saltarme la normativa y tenderle una mano a la que aferrarse.

—Eso no la justifica en absoluto. —Mi padre apoyó con fuerza la taza que sostenía en la encimera beige de la cocina, salpicando de café los azulejos blancos—. Catherine, no es tu hija y no tienes la obligación de hacerte cargo de ella —señaló tratando de sonar comprensivo, pero no lo consiguió.

Se movía nervioso delante de mí, buscando la manera de hacerme claudicar, y yo no estaba dispuesta a ceder ante aquella presión.

—No tiene a nadie, ningún familiar. Está sola —afirmé, pensando que aquello lo haría reflexionar, pero solo obtuve otra mirada llena de incomprensión por su parte. Estaba perdiendo aquella batalla.

—Pues que se quede en el orfanato —replicó sin ocultar lo que sentía, estaba cargado de resentimiento, de egoísmo y de rabia.

—Ese lugar es horrible —murmuré, quemando mi último cartucho, deseando que él se conmoviese ante mis palabras—, Carlie lleva dos años ahí, es una niña muy inteligente, pero desde que la metieron en ese sitio dejó de hablar, no dice ni una sola palabra, necesita mucho cariño. —Noté cómo mis ojos se llenaban de lágrimas al ver que mi padre no parecía emocionarse en lo más mínimo.

—Y mi hija de veinticuatro años, recién cumplidos, se hará responsable de la mocosa esa. —Negó con la cabeza, asqueado con mi actitud, como tantas veces… le defraudaba, podía verlo frente a mí. Aunque quizás esta vez lograse que me concediese el beneficio de la duda.

—Sí —contesté con voz trémula aunque firme.

Carlie Elise Smith había cautivado mi corazón desde la primera vez que la había visto, acurrucada en la esquina más escondida de la habitación atestada de literas, sujetando una muñeca totalmente rota con tanto cariño… Tuve que mirar dos veces para encontrarla y su rechazo hacia mí fue suficiente para que empezara a investigar.

Había visitado las instalaciones al leer un informe referente a otra menor cuya madre también estaba cumpliendo condena. Por suerte, esa otra niña ya estaba con un familiar, pero la dejadez de aquel sitio, un lugar oscuro y tétrico donde los niños eran tratados como animales de carga para llevar a cabo todas las tareas domésticas mientras los cuidadores observaban su hazaña, había sido suficiente para querer sacar de allí a todos esos pequeños.

Estaba a punto de conseguir que cerrasen el centro, pero la burocracia era lenta y la falta de sitio para ubicar a cada niño había supuesto que quedase abierto provisionalmente. No podía dejar de pensar en aquellos dos maleantes que regentaban ese lugar sin sentir una rabia inmensa hacia ellos.

—No dejaré que arruines tu vida. —Nuestras miradas se fundieron en una guerra de intereses en la que ninguno estaba dispuesto a ceder a favor del otro—. Te quiero de vuelta a casa hoy mismo, dejarás ese empleo que te está consumiendo y olvidarás a esa niña que no es nada tuyo. No tienes idea de lo que es cuidar de un hijo, no sabes las responsabilidades que conlleva, y más una mocosa…

—No se te ocurra decir nada —advertí apretando los puños, no toleraría ningún comentario ofensivo hacia ella—, no tiene ninguna minusvalía. Su problema se irá solucionando con el paso del tiempo.

—¡¡Encima tarada!! —No pude más, me vi reflejada en esa pobre e incomprendida niña, carne de orfanato hasta que se volviera una delincuente; no lo permitiría, aunque me costase todo lo que tenía en mi vida—. No pensé que había criado a una inconsciente.

—No me tuviste contigo, papá. Ni siquiera te preocupaste por mí durante años, me dejaste con mamá y te olvidaste de que existía. —Era un golpe bajo, siempre el último recurso en las discusiones y, por lo general, trataba de no usarlo.

Observé que enrojecía de rabia, cómo apretaba los puños y, por un segundo…, temí que me golpease, descontrolado, pero no había persona menos agresiva que mi padre.

—Nunca jamás vuelvas a decirme eso —dijo remarcando cada palabra. Bajé la cabeza, avergonzada—. No estropearás tu vida —sentenció, pensando que yo claudicaba ante sus exigencias.

Di un paso hacia delante, levanté la vista y me armé de valor. Un sentimiento de protección nació en mi interior al recordar la cara de la niña, no la dejaría allí encerrada.

—Tú lo has dicho: es mi decisión, es mi vida, papá. No puedes disponer de ella porque me pertenece. —Me crucé de brazos y exhibí mi mejor máscara, tratando de que no se percatase de lo que me dolía que él se comportase de una forma tan fría.

—Si lo haces… —Se detuvo por un segundo y pude ver que el dolor asomaba a sus ojos ante lo que iba a decir—, puedes olvidarte de que soy tu padre, no aguanto ni una más de tus insensateces…

 

Carlie tiró de mi mano, sacándome de mi ensimismamiento, los recuerdos eran un peligroso lago donde sumergirse, pero ahora debía ser práctica, hacía frío e íbamos a enfermar si seguíamos paradas en medio de la calle. Avancé hacia la casa, tratando de ser positiva, pero el lugar presentaba un aspecto horrible.

Llevaba cerrada cinco años, las ventanas estaban oxidadas; los tablones de madera del pequeño porche, levantados, y la puerta parecía a punto de caerse a pedazos. Al abrirla chirrió y Carlie dio un respingo a mi lado. Apoyé mi mano sobre su cabello castaño, me miró con sus enormes ojos verdes, tan distintos a los negros de su madre, y esbozó una tímida sonrisa cuando le aseguré que no pasaba nada. Solo llevaba una semana con ella, pero en esos días había conseguido que no se asustase al tocarla, empezaba a sentirse segura conmigo, aunque en mí despertaba innumerables miedos.

—Vamos, a ver qué nos encontramos —le dije sin esperar respuesta.

No pronunciaba ni una sola palabra, aunque sabía por su madre que había comenzado a hablar cuando tenía un año y medio, desde entonces la había vuelto loca con su cháchara incesante, hasta el día que las separaron.

El aspecto de la casa era peor de lo que esperaba. El polvo cubría todo a su paso y mientras avanzábamos por el pequeño pasillo podía ver las partículas remolonear frente a mí. Por suerte, mi madre tuvo la ocurrencia de tapar los muebles del salón con amplias sábanas blancas antes de embarcarse en su nueva vida. Ahora recorría la India junto a su esposo, Peter, en busca de las respuestas a quiénes somos y por qué estamos aquí.

Llevaba tanto tiempo sin pasar un día allí que la nostalgia me agarrotó los músculos mientras observaba el deslucido salón. Hubo un tiempo en el que había sido feliz, en el cual mis padres se amaron y todos juntos habíamos compartido juegos y risas sentados frente a la amplia ventana sobre la alfombra roja. Pero todo acabó abruptamente, sin explicaciones, aún hoy, después de tanto tiempo, no llegaba a comprenderlo del todo.

Cuando tenía diez años y mi hermano, Derek, doce, mis padres pusieron punto y final a su matrimonio, separándonos. Yo tuve que quedarme en Bacton y Derek viajó con mi padre a Norwich, eran pocos kilómetros de distancia, pero para la niña que yo era, la sensación de abandono producido fue suficiente para retraerme hacia mi interior y refugiarme en los libros. Con tal de no pensar, de no percibir nada que no fuesen las aventuras, desventuras o deseos de los personajes del libro que me acompañase en aquel momento. Me fui sumergiendo en mi mundo de fantasía, aislándome de todo lo demás.

La ausencia de mi hermano me había afectado más que la de mi padre, era mi compañero de juegos, mi defensor, mi amigo, mi todo… y aquel día gris lo perdí. No conseguí recuperarlo con el paso de los años y mientras yo me marchaba a estudiar lejos de todos, él se embarcaba en su nueva vida sin echar la vista atrás.

Por eso, al mirar a Carlie junto a mí mientras arrugaba la nariz a causa del polvo que cubría todo con su manto casi blanco, me sentía identificada con ella. Por eso la había adoptado, porque no quería que creciese encerrada en su mundo interior, porque quería ayudarla a volver a sonreír. Sería su madre, su confidente y su amiga.

 

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