Un día más. Primer capítulo

Uno, dos, tres… hasta catorce días llevo aquí, encerrada y sin ver a mi peor pesadilla. Por un lado es un alivio, por otro, quizás haya muerto y nadie me encuentre jamás, a fin de cuentas hace mucho que dejaron de buscarme.

Solo de pensar en ello se me pone un nudo en el estómago, como cuando llegué aquí la primera vez: muerta de miedo ante lo desconocido, sin saber qué iba a pasarme, ni quién era él. Nada de lo que conseguí imaginar aquella primera noche en mi habitación se asemejaba al infierno que me esperaba. Sostengo una arcada cuando mi mente vuela por los recuerdos sin que pueda evitarlo ¿acaso algún día podré olvidarlo? Lo dudo y duele, pero ¿de qué sirve pensar en ello?, me impongo no seguir martirizándome, no me lleva a na
da nuevo y debo estar concentrada en lo que quiero hacer.

Tumbada en la cama miro el desgastado techo de madera y hago recuento de las escasas provisiones que me quedan: un par de manzanas, algo de fiambre y pan de molde que ya empieza a estar mohoso, pronto se habrán acabado al igual que el agua, solo hay media botella. La pequeña ventana anuncia un nuevo día de calor asfixiante, ¿en qué mes estaremos?, ¿estarán las piscinas llenas o los niños aún no habrán acabado el colegio? Me encantaba el agua, al menos cuando era Carla, una niña sin más pretensiones que jugar y disfrutar del tiempo al máximo. Pero ahora el tiempo es tan relativo entre cuatro paredes viejas, da lo mismo que mes sea o en qué estación estemos puesto que mis días son siempre iguales: monótonos, lentos y hasta hace poco horribles cuando aparecía él.

El amortiguado ruido de lapasillo puerta me sobresalta, me incorporó con rapidez, ha vuelto y por primera vez no tengo miedo, lo desterré el día que decidí poner fin a esta tortura. En ese momento dejé de ver al monstruo que me aterró durante años y comencé a observar al hombre que poco a poco se debilitaba gracias al cáncer, este le está ganando la batalla y me está dando una oportunidad. No pienso desaprovecharla ahora que mi cuerpo es más fuerte que el suyo.

Oigo el arrastrar de pies que durante ocho años presagiaba el inicio de la tortura, de las agresiones a mi cuerpo y a mi mente. La más profunda que me causó fue cuando me habló de mis padres, de cómo habían dejado de buscarme, se olvidaron de mí: su hija de diez años que un dos de agosto no volvió para cenar. Debería apenarme, llorar por mí y por ellos, pero ya no hay lágrimas, las derramé todas junto con mis esperanzas de ser encontrada y rescatada.

Aspiro el aire viciado de la pequeña habitación en la que llevo encarcelada todo este tiempo. Hoy saldré de aquí, esta vez lo conseguiré aunque para ello deba convertirme en lo que no soy y asestarle el golpe de gracia. Qué más da unos días antes que después, ya está muerto. Dudo que en estas dos semanas en las que ha estado fuera hayan conseguido erradicar el cáncer que lo asedia y aunque así fuera, no se merece vivir, destruyó todo lo que yo era, rompió a la niña y condenó a la mujer… jamás podré recuperarme de esto.

El sonido de las llaves contra la oscura madera me hace agarrar con fuerza mi arma ¿quién podía pensar que de un cuchillo de untar podía conseguir un punzón? Nunca lo hubiese imaginado hasta que en un ataque de rabia lo lancé contra el suelo con fuerza y la hoja se dobló. Es muy rudimentario, pero espero que efectivo.

Estoy preparada y dispuesta como jamás lo he estado. Sentada en la cama que detesto por los secretos que guarda, frente a la puerta, le veo aparecer con el rostro cansado, decrépito… no, ya no es quien me acosaba en mis sueños y revivía mis pesadillas al alba.

Sonríe y me estremezco sin poder evitarlo. Avanza hacia mí, dejando la puerta abierta, sabe que jamás intentaría huir, que la niña que durante años he sido le tiene miedo, pero ya dejé de ser esa cría y él volvió a ser un simple hombre.

—Te he echado tanto de menos, mi dulce mariposa —susurra sentándose a mi lado.

Contengo el asco que me produce su sola presencia y agacho la cabeza tal y como sé que le gusta. Suelta una carcajada, relajado, sin saber lo que está a punto de suceder y alarga el cuello hacia mí. Mi razón se nubla, nunca más volverá a besarme, ni a tocarme, ni a… trago saliva y antes de que sus labios toquen los míos, saco la mano de detrás de mi espalda y clavo el punzón en su cuello.

Se queda paralizado, nuestras miradas se cruzan, por fin las tornas han cambiado y es él el que tiene miedo de mí. Sonrió o al menos lo intento, saco el punzón y vuelvo a clavarlo en su cuello, buscando la vena que lo desangrará. Lo repito una y otra vez, mientras se retuerce tratando de apartarse de mí, pero es en vano, sus intentos no logran más que incrementar mi furia y sus suplicas me encienden ¿Cuántas veces le pedí que parará?, ¿cuántas le rogué que no volviese a herirme? Miles y nunca se frenó, ni una sola vez, ni siquiera cuando estaba enferma o débil. No puede detenerme aunque lo intenta poniendo las manos en su cuello, pero la rabia que siento es suficiente para esquivarlas y conseguir mi objetivo.

No sé cuándo ni cuánto tiempo estoy ahí, maltratando el asqueroso cuerpo que aborrezco con todo mi ser. Desconozco el momento en que los gritos y las súplicas desaparecen, pero lo hacen y la sangre inunda la cama manchándolo todo. Ha muerto como el cerdo que era, desangrado. Contemplo mi obra, he conseguido mi objetivo y aunque cubierta de sangre, soy libre.

Mi mente repite esa palabra una y otra vez hasta que mi boca la acompaña, necesito creérmelo, sentirlo, exprimir al máximo mi victoria.

No sé cuánto tiempo paso ahí, mirando lo que he hecho, cuando decido moverme y avanzar. Me levanto e ignorando el estrecho baño sin puerta en la que llevo lavándome y aseándome todos estos años, salgo al pasillo y busco el baño en aquella casa que no conozco. Necesito quitarme su hedor de mi cuerpo, no solo la sangre sino sus huellas en mi piel.

Hay tres puertas de madera en el pasillo, las tres cerradas y viejas, según voy abriéndolas una a una me encuentro con dos habitaciones a cada cual más sucia, ropa por el suelo, objetos rotos, papeles, desorden… las cierro sin querer indagar mucho más y voy hasta la última puerta: el baño, por fin. Azulejos azules y una gran bañera, más papeles y ropa sucia por el suelo, da asco, pero es lo único que tengo.

Entro y dejo la puerta abierta. Abro el grifo de la ducha al máximo y cuando voy a desvestirme un reflejo me devuelve la mirada, no reconozco a la mujer que me observa en aquel espejo, me detengo contemplando esa imagen que no es mía o ¿sí? No hay nadie más ahí, mas no me reconozco.

Respiro hondo acallando la angustia que corroe mis entrañas, el corazón se me acelera, mi cuerpo ha cambiado, ya no soy una niña y no sé cómo sentirme ante ello, necesito tiempo para reconocerme, para no odiar mis curvas o la palidez de mi piel, esa cara que no es la mía, al menos no tal y como yo recordaba. Solo mi pelo parece el mismo, en ese color castaño claro que tanto admiraba mi padre. Resoplo y aparto la mirada, asqueada con lo que veo, con lo que soy y con lo que he perdido.

Tiro la ropa al suelo, junto a la taza del váter y me meto en la bañera que poco a poco se va llenando de agua ardiendo. Las incertidumbres atacan mi recién alcanzada tranquilidad, ¿qué voy a hacer ahora?, ¿cómo sobreviviré? Clara ya no existe, murió hace ocho años y ¿mis padres?

La sed de venganza me atraviesa en cuanto pienso en ellos, en su vida perfecta, en su despreocupación por mí y en mi sufrimiento, en los días y meses eternos en que no fui nada más que el juguete de un viejo pervertido. Ya no tengo buenos recuerdos almacenados en mi memoria, solo una dirección que durante meses repetía para que no se me perdiera y… allí voy a ir, a demostrarles lo malo que es olvidarse de una hija.

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